Ven, Sígueme | Estudio de las Escrituras con Pepe y Ariel
By El Poder de la Divinidad
Bienvenido al espacio donde el estudio del evangelio se convierte en inspiración para el alma. Cada semana, Pepe Valle y Ariel Cuadra nos guían a través de las enseñanzas del manual Ven, Sígueme, con reflexiones profundas, experiencias reales y doctrinas claras, centradas en Jesucristo y Su evangelio restaurado. Acompáñanos en tu día a día: en el auto, mientras cocinas o en tu estudio personal. Aquí encontrarás luz, verdad y el poder de la divinidad en cada clase. Nuevos episodios cada semana. Comparte, escucha y fortalece tu testimonio.

Al principio, Jeremías no creía que podría ser un buen profeta. “He aquí, no sé hablar”, replicó (Jeremías 1:6). Sin embargo, el Señor lo tranquilizó y le afirmó: “He aquí, he puesto mis palabras en tu boca” (versículo 9). Jeremías sentía que era un “niño” sin experiencia (versículo 6), pero Jehová le explicó que, de hecho, estaba más preparado de lo que él comprendía: había sido ordenado a aquel llamamiento aun antes de nacer (véase el versículo 5). De modo que Jeremías dejó de lado sus temores y aceptó el llamamiento; y advirtió a los reyes y sacerdotes de Jerusalén que su simulada santidad no los salvaría. El “niño” que pensaba que no sabía hablar llegó a sentir la palabra de Dios “en [su] corazón como un fuego ardiente” y no podía permanecer callado (Jeremías 20:9).La historia de Jeremías también es tu historia. Dios también te conocía antes de nacer y te preparó para tu misión en la vida. Entre otras cosas, dicha misión incluye algo que Jeremías previó: recoger a los del pueblo de Dios, uno por uno, para “llevar[los] a Sion” (Jeremías 3:14); y aunque no sepas exactamente qué hacer o qué decir, puedes “no tem[er] […], porque yo estoy contigo, dice Jehová” (Jeremías 1:8, 19).Para consultar una reseña del libro de Jeremías, véase “Jeremías” en la Guía para el Estudio de las Escrituras.

A comienzos de Su ministerio, Jesucristo visitó una sinagoga de Nazaret, donde se había criado. Se puso de pie para leer las Escrituras, abrió el libro de Isaías y leyó lo que ahora conocemos como Isaías 61:1–2. Luego declaró: “Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos”. Aquella fue una de las declaraciones más directas del Salvador de que Él era el Ungido, quien “sanar[ía] a los quebrantados de corazón” y “pregonar[ía] libertad a los cautivos” (véase Lucas 4:16–21). Efectivamente, ese pasaje de las Escrituras se cumplió aquel día y, al igual que muchas otras profecías de Isaías, también está cumpliéndose en nuestros días. El Salvador sigue sanando a los quebrantados de corazón que vienen a Él; y aún hay muchos cautivos que necesitan la libertad. Además, hay un glorioso futuro para el cual prepararse: una época en la que el Señor “crear[á] nuevos cielos y nueva tierra” (Isaías 65:17), y “hará brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones” (Isaías 61:11). La lectura de Isaías nos abre el entendimiento a lo que el Señor ya ha hecho, a lo que está haciendo y a lo que hará por Su pueblo.

Durante todo su ministerio, Isaías habló sobre un poderoso Libertador. Esas profecías deben haber sido especialmente preciadas para los israelitas siglos después, cuando se hallaban en cautiverio en Babilonia. Alguien que pudiera derribar los muros de Babilonia sería un poderoso conquistador, sin duda. No obstante, esa no es la clase de Mesías que Isaías describe en los capítulos 52–53: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores y experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro […]; y nosotros le tuvimos por azotado, herido por Dios y afligido” (Isaías 53:3–4).Al enviar a un Libertador tan inesperado, Dios nos ha enseñado acerca de la verdadera liberación. A fin de salvarnos de la opresión y la aflicción, Dios envió a Aquel que “fue oprimido y afligido”; aunque algunos esperaban un león, Él envió un cordero (véase Isaías 53:7). Ciertamente, los caminos de Dios no son nuestros caminos (véase Isaías 55:8–9). Jesucristo nos libera no solo abriendo la cárcel, sino al ocupar nuestro lugar en ella; nos rescata de nuestras cadenas de enfermedades y dolores al llevarlas Él mismo (véase Isaías 53:4–5, 12). No nos salva a la distancia; Él sufre con nosotros en un acto de “misericordia eterna” que “no se quitará de ti” (Isaías 54:8, 10).

Durante todo su ministerio, Isaías habló sobre un poderoso Libertador. Esas profecías deben haber sido especialmente preciadas para los israelitas siglos después, cuando se hallaban en cautiverio en Babilonia. Alguien que pudiera derribar los muros de Babilonia sería un poderoso conquistador, sin duda. No obstante, esa no es la clase de Mesías que Isaías describe en los capítulos 52–53: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores y experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro […]; y nosotros le tuvimos por azotado, herido por Dios y afligido” (Isaías 53:3–4).Al enviar a un Libertador tan inesperado, Dios nos ha enseñado acerca de la verdadera liberación. A fin de salvarnos de la opresión y la aflicción, Dios envió a Aquel que “fue oprimido y afligido”; aunque algunos esperaban un león, Él envió un cordero (véase Isaías 53:7). Ciertamente, los caminos de Dios no son nuestros caminos (véase Isaías 55:8–9). Jesucristo nos libera no solo abriendo la cárcel, sino al ocupar nuestro lugar en ella; nos rescata de nuestras cadenas de enfermedades y dolores al llevarlas Él mismo (véase Isaías 53:4–5, 12). No nos salva a la distancia; Él sufre con nosotros en un acto de “misericordia eterna” que “no se quitará de ti” (Isaías 54:8, 10).

“Consolad” es la primera palabra del capítulo 40 de Isaías. Marca el comienzo de un tono diferente; un énfasis diferente en el mensaje del profeta. Los escritos anteriores de Isaías advertían a Israel y a Judá acerca de la destrucción y el cautiverio que sobrevendrían a causa de sus pecados. Pero esas profecías posteriores tenían como fin consolar al pueblo judío durante los siguientes 150 años, luego de que Jerusalén y el templo hubiesen sido destruidos, y Babilonia hubiera llevado cautivo al pueblo. No obstante, estas profecías se extienden aún más adelante en el futuro, y no solo a esos israelitas derrotados y descorazonados. Nos hablan a nosotros, quienes a veces también nos sentimos derrotados, descorazonados e incluso perdidos.El mensaje de Isaías para su pueblo y para nosotros es sencillo: “No temas” (Isaías 43:1); no todo está perdido. El Señor no te ha olvidado y Él tiene poder sobre las situaciones que parecen estar fuera de tu control. ¿No es el Señor, el “Creador de los cielos” (Isaías 42:5), más poderoso que Babilonia, que el pecado, que cualquier cosa que te tenga cautivo? Él nos ruega: “Vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Isaías 44:22). Él puede sanar, restaurar, fortalecer, perdonar y consolar; Él puede hacer cualquier cosa que sea necesaria para que tú, en tu caso en particular, seas redimido.

Una de las cosas que el Señor pide a los profetas que hagan es advertir en cuanto a las consecuencias del pecado. Para los profetas del Antiguo Testamento, esto a menudo significaba decir a los gobernantes de reinos poderosos que debían arrepentirse. Era una labor peligrosa, pero Isaías fue valiente, y sus amonestaciones a los reinos de su época —entre ellos Israel, Judá y las naciones circundantes— fueron valerosas (véase Isaías 13–23 ). Sin embargo, Isaías también ofrecía un mensaje de esperanza; aunque a aquellos reinos con el tiempo les sobrevinieron las destrucciones profetizadas, Isaías previó una oportunidad de restauración y renovación: Jehová invitaría a Su pueblo a regresar a Él. Él haría que “el lugar reseco se conv[irtiera] en ciénaga y el sequedal en manantiales de aguas” ( Isaías 35:7 ). Realizaría “una obra maravillosa y un prodigio” ( Isaías 29:14 ) al restaurar a Israel las bendiciones que les había prometido. Ni Isaías ni ninguna otra persona de aquel entonces vivieron para ver dicha obra maravillosa, pero nosotros la estamos viendo hoy en día. De hecho, somos parte de ella.

https://drive.google.com/drive/folder... Aun cuando esta fuera la primera vez que lees el libro de Isaías, es posible que halles pasajes que te parezcan familiares. Eso se debe a que, de todos los profetas del Antiguo Testamento, Isaías es el que se cita más a menudo en otros libros de Escrituras, e incluso el que el Salvador más citaba. Las palabras de Isaías también aparecen con frecuencia en los himnos y en otra música sacra.¿Por qué se cita a Isaías con tanta frecuencia? Sin duda, una razón es que Isaías tenía el don de expresar la palabra de Dios en un lenguaje vívido y memorable; no obstante, hay más razones. Isaías ha inspirado a los profetas durante generaciones, pues las verdades que enseñó trascendieron a su propia generación (entre el año 740 y el 701 a. C.). Él escribió sobre la gran obra de redención de Dios, que es mucho mayor que una nación o un período de tiempo. Nefi aprendió de Isaías que él y su pueblo, aunque estaban separados del resto de Israel, aún eran parte del pueblo del convenio de Dios. En Isaías, los escritores del Nuevo Testamento hallaron profecías sobre el Mesías que se cumplieron ante sus ojos. También en Isaías, José Smith encontró inspiración para la obra de los últimos días de recoger a Israel y edificar Sion. ¿Qué hallarás tú al leer Isaías?Para conocer más sobre Isaías y sus escritos, véase “Isaías”, en la Guía para el Estudio de las Escrituras. Para ver información sobre la época en la que Isaías vivió, véanse 2 Reyes 15–20 y 2 Crónicas 26–32.

Podrías ver al libro de Proverbios como una colección de sabios consejos de padres amorosos (véase Proverbios 1:8). Su mensaje principal es que si buscas sabiduría, especialmente la sabiduría de Dios, la vida irá bien. No obstante, al libro de Proverbios le sigue el de Eclesiastés, que parece decirnos: “No es tan sencillo”. El Predicador que se cita en Eclesiastés explica que, aunque “dedi[có] [su] corazón a conocer la sabiduría”, aun así halló “aflicción de espíritu” y “mucha angustia” (Eclesiastés 1:17 –18). De diversas maneras, el libro plantea: “¿Hay verdadero sentido en un mundo en el que todo parece ser vano, temporal e incierto?”.Sin embargo, aunque en los dos libros se ve la vida desde diferentes perspectivas, ambos enseñan verdades similares. Eclesiastés declara: “El fin de todo este asunto que has oído es este: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12:13 ). Se trata del mismo principio que se encuentra a lo largo de todo Proverbios: “Confía en Jehová con todo tu corazón” (Proverbios 3:5; véase también el versículo 7). Aunque no siempre sea perfecta, la vida siempre es mejor cuando confiamos en el Señor Jesucristo y lo seguimos.Para consultar las reseñas de estos libros, véanse “Proverbio” y “Eclesiastés”, en la Guía para el Estudio de las Escrituras.

Salmos 102–103 ; 110 ; 116–119 ; 127–128 ; 135–139 ; 146–150 El nombre judío tradicional del libro de Salmos es Tehillim , una palabra hebrea que significa “alabanzas”. Está relacionada con la exclamación aleluya (que significa “alabad a Jehová” o “alabad al Señor”). Si tuviéramos que elegir una palabra para resumir el mensaje principal de los Salmos, alabar sería una buena palabra para hacerlo. Algunos de los Salmos contienen la invitación directa a “alaba[r] a Jehová” (véanse especialmente los Salmos 146–150 ), en tanto que todos inspiran adoración y alabanza. Los Salmos nos invitan a reconocer el poder del Señor, Su misericordia y las grandes cosas que Él ha hecho. Aunque jamás podremos pagarle por nada de ello, sí podemos alabarlo. Tal alabanza puede expresarse de forma diferente en cada persona; quizás implique cantar, orar o dar testimonio. Con frecuencia, nos conduce a asumir un mayor compromiso con el Señor y a seguir Sus enseñanzas. Independientemente de lo que “alabad al Señor” signifique en tu vida, hallarás más inspiración para hacerlo al leer y meditar los Salmos.

Los escritores de los Salmos compartieron profundos sentimientos personales a través de su poesía. Escribieron en cuanto a sentirse desanimados, temerosos y con remordimientos; en ocasiones, incluso se sintieron abandonados por Dios, y algunos salmos expresan frustración o desesperación. Si alguna vez te has sentido así, la lectura de los Salmos puede ayudarte a saber que no eres el único; pero además, encontrarás salmos que te alentarán al experimentar esos sentimientos, pues los salmistas también alababan al Señor por Su bondad, se maravillaban ante Su poder y se regocijaban en Su misericordia. Sabían que aunque nos agobien la iniquidad y el pecado, el Señor es “bueno y perdonador” (Salmo 86:5). Entendían que tener fe en el Señor no significa que jamás tengamos que luchar con la inquietud, el pecado o el temor; más bien, significa que sabemos a Quién acudir cuando los afrontamos.

No sabemos con seguridad quién escribió los Salmos. Algunos se le han atribuido al rey David, pero los autores de la mayoría de ellos siguen siendo anónimos. Sin embargo, después de leer los Salmos, es probable que sintamos como si conociéramos el corazón de los salmistas, aunque no conozcamos sus nombres. Lo que sí sabemos es que los Salmos eran una parte importante de la adoración entre los israelitas; y sabemos que el Salvador los citaba con frecuencia. A través de los Salmos se nos abre una ventana al alma del antiguo pueblo de Dios. Vemos cómo se sentían en cuanto a Dios, qué les preocupaba y cómo hallaban la paz. Nosotros, como creyentes en la actualidad y de todo el mundo, aún usamos esas palabras en nuestra adoración a Dios. Es casi como si los escritores de los Salmos tuvieran una ventana a nuestras almas, porque expresaron lo que sentimos por Dios, lo que nos preocupa y cómo encontramos paz.Para consultar una reseña del libro de Salmos, véase “Salmo” en la Guía para el Estudio de las Escrituras.

Es natural preguntarse por qué les suceden cosas malas a las personas buenas o, siguiendo ese razonamiento, por qué les suceden cosas buenas a las personas malas. ¿Por qué Dios, que es justo, habría de permitir que ocurra eso? El libro de Job analiza preguntas como esas. Job era una de esas buenas personas a las que le sucedieron muchas cosas malas. Debido a las pruebas de Job, sus amigos se preguntaban si él en verdad era bueno después de todo. Job afirmaba que era recto y se preguntaba si Dios en verdad es justo después de todo. No obstante, a pesar de su sufrimiento y de plantearse cuestionamientos, Job retuvo su integridad y su fe en Jesucristo. En el libro de Job, se cuestiona y se pone a prueba la fe, pero jamás se la abandona por completo. Eso no significa que se respondan todas las preguntas. Sin embargo, el libro de Job enseña que, hasta que se les dé respuesta, las preguntas pueden coexistir con la fe. Independientemente de lo que suceda mientras tanto, podemos decir de nuestro Señor: “En él confiaré” (Job 13:15).Para consultar una reseña del libro de Job, véase “Job” en la Guía para el Estudio de las Escrituras (Biblioteca del Evangelio).

Muchos de los acontecimientos del libro de Ester podrían parecer suerte o coincidencias. ¿De qué otro modo explicarías cómo una joven judía huérfana llegó a ser la reina de Persia en el momento justo para salvar a los de su pueblo de que se les matase? ¿Qué probabilidades había de que Mardoqueo, primo de Ester, oyera el complot para asesinar al rey? ¿Fueron coincidencias o parte de un plan divino? El élder Ronald A. Rasband ha indicado: “Lo que podría parecer una oportunidad al azar está, de hecho, dirigido por un amoroso Padre Celestial […]. El Señor se ocupa de los pequeños detalles de nuestra vida” (“Por designio divino”, Liahona, noviembre de 2017, pág. 56). Es posible que no siempre reconozcamos la influencia del Señor en estos “pequeños detalles”. Sin embargo, gracias a la experiencia de Ester, aprendemos que Él puede guiar nuestro camino y prepararnos “para es[a] hora” (véase Ester 4:14) en que podamos ser instrumentos en Sus manos para cumplir Sus propósitos.Para consultar una reseña del libro de Ester, véase “Ester”, en la Guía para el Estudio de las Escrituras.

El pueblo judío había estado cautivo en Babilonia durante unos setenta años. Habían perdido Jerusalén y el templo, y muchos habían olvidado su compromiso para con la ley de Dios; no obstante, Dios no los había olvidado a ellos. De hecho, Él había declarado mediante Su profeta: “yo os visitaré y os cumpliré mi buena palabra de haceros volver” (Jeremías 29:10). Fiel a esa profecía, el Señor preparó el camino para que Su pueblo regresara tanto a Jerusalén como, lo que es más importante, a sus convenios. Levantó siervos que realizaron “una gran obra” (Nehemías 6:3): un gobernante llamado Zorobabel supervisó la reconstrucción de la casa de Jehová; Esdras, un sacerdote y escriba, ayudó al pueblo a volver su corazón a la ley de Jehová; y Nehemías dirigió la reconstrucción de los muros protectores alrededor de Jerusalén. Afrontaron oposición, pero también recibieron ayuda de fuentes inesperadas. Las experiencias de ellos pueden formar e inspirar las nuestras, ya que nosotros también estamos ocupados en una gran obra. Y al igual que la obra de ellos, la nuestra tiene mucho que ver con la Casa del Señor, la ley del Señor y la protección espiritual que hallamos en Él.Para consultar las reseñas de los libros de Esdras y Nehemías, véanse “Esdras” y “Nehemías”, respectivamente, en la Guía para el Estudio de las Escrituras

El reino de Judá estaba rodeado. Los ejércitos de tres poderosas naciones enemigas avanzaban al mismo tiempo, preparados para la batalla. En ese momento desesperado de necesidad, Josafat, rey de Judá, acudió al Rey del cielo y de la tierra. Reunió a su pueblo en el templo y oró. Reconoció sus debilidades humanas y suplicó liberación. En respuesta, el Señor prometió Su protección: “No temáis ni desmayéis” (2 Crónicas 20:17 ).

La misión principal de los profetas es enseñar sobre el Salvador Jesucristo y testificar de Él. Sin embargo, los registros que tenemos del profeta Eliseo no contienen mucho acerca de sus enseñanzas ni de su testimonio. Lo que sí contienen son los milagros que Eliseo efectuó, entre ellos, levantar a un niño de los muertos (véase 2 Reyes 4:18 –37), alimentar a una multitud con solo un poco de comida (véase 2 Reyes 4:42 –44) y sanar a un leproso (véase 2 Reyes 5:1–14). Así que, aunque no tenemos las palabras de Eliseo acerca de Cristo, sí tenemos el ministerio y los milagros de Eliseo, los cuales testifican de Cristo. Son potentes manifestaciones del poder del Señor de dar vida, de nutrir y de sanar. Los milagros ocurren en nuestras vidas más de lo que a veces nos damos cuenta. Para verlos, debemos procurar tener la fe que Eliseo tenía al orar por su joven y temeroso siervo: “Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea” (2 Reyes 6:17 ).Para conocer más sobre el libro de 2 Reyes, véase “Reyes”, en la Guía para el Estudio de las Escrituras.

La casa de Israel se hallaba desorganizada. El reino se había dividido: diez tribus formaban el Reino del Norte, o Israel, y dos tribus formaban el Reino del Sur, o Judá. Aún peor que su separación el uno del otro era la separación de ambos reinos de sus convenios. Los reyes inicuos alejaron al pueblo de Jehová y muchas personas vacilaron en su fe.En ese contexto, el Señor llamó a Elías a ser profeta. Su vida demuestra que una persona puede tener gran fe en el Señor incluso en malas circunstancias. En ocasiones, el Señor responde a dicha fe con milagros impresionantes y públicos, tales como el hacer descender fuego del cielo. Sin embargo, también obra milagros silenciosos y privados, como, por ejemplo, alimentar a una viuda fiel y a su hijo. Con mayor frecuencia, los milagros del Señor son tan individuales que solo la persona en cuestión los conoce; por ejemplo, cuando el Señor se revela a ti mediante la “voz apacible y delicada” (1 Reyes 19:12 ).Para conocer más acerca de Elías el Profeta, véase “Elías el Profeta”, en la Guía para el Estudio de las Escrituras.

Saúl, David y Salomón, los tres primeros reyes de Israel, comenzaron de una manera muy prometedora. Humildes, valientes y sabios, cada uno de ellos halló gracia ante el Señor, al menos al principio. Lamentablemente, cada rey también cedió a las debilidades y tentaciones humanas y antepusieron sus propios deseos a los del Señor. Como hemos visto una y otra vez en las Escrituras, y en nuestra propia vida, eso condujo a la tragedia.Pero algo importante ocurrió durante el reinado de Salomón, lo cual brindó cierta esperanza de estabilidad en la vida del pueblo del convenio. Salomón edificó un templo. Iba a ser una Casa del Señor más permanente de lo que había sido el tabernáculo, y representaría una presencia más permanente del Señor entre Su pueblo. Salomón sabía que el pueblo continuaría enfrentando debilidades y pruebas de diversas clases. Al dedicar la nueva santa casa, Salomón suplicó al Señor: “Si ellos […] se vuelvan a ti de todo su corazón […], escucha tú […] su oración” (1 Reyes 8:47 –49). Eso es parte de lo que los convenios del templo hacen por nosotros: crean una conexión con Dios. Aseguran para nosotros la promesa de que, mediante nuestro arrepentimiento y Su misericordia, Él puede “habita[r] en medio de [nosotros]” y nunca abandonarnos (1 Reyes 6:13 ).Para consultar una reseña del libro de 1 Reyes, véase “Reyes” en la Guía para el Estudio de las Escrituras.

Desde que las tribus de Israel se habían establecido en la tierra prometida, los filisteos habían sido una amenaza constante para su seguridad. El Señor los había liberado numerosas veces en el pasado; sin embargo, ahora los ancianos de Israel exigían: “Habrá rey […] y saldrá delante de nosotros y hará nuestras guerras” ( 1 Samuel 8:19–20 ). Por lo tanto, Saúl fue ungido rey. No obstante, cuando el temible gigante Goliat lanzó su desafío a los ejércitos de Israel, Saúl, al igual que el resto del ejército, “tuv[o] gran miedo” ( 1 Samuel 17:11 ). Aquel día, no fue el rey Saúl quien salvó a Israel, sino un humilde pastor, un muchacho de nombre David, que no llevaba armadura pero estaba revestido de una fe en el Señor imposible de traspasar. Esa batalla mostró a Israel, y a toda persona que tenga que luchar batallas espirituales, que “Jehová no salva con espada ni con lanza” y que “de Jehová es la batalla” ( 1 Samuel 17:47 ).

Saúl cuidaba asnos. Aunque era alto y bien parecido, era “pequeño ante [sus] propios ojos” y se sentía cohibido en cuanto a sus circunstancias familiares (véanse 1 Samuel 9:2–3, 21; 15:17). El día en que iba a ser presentado ante Israel como su rey, no concurrió; se hallaba tan nervioso que “est[aba] escondido” (1 Samuel 10:21–22). Al mirar a Saúl, tal vez no habrías pensado que él guiaría a los israelitas a la victoria sobre sus enemigos, o que más adelante se volvería orgulloso y se rebelaría contra Jehová.David era pastor de ovejas. No llamaba físicamente la atención como sus siete hermanos mayores. El día que Samuel vino a elegir un nuevo rey de Israel, no parecía que valiera la pena incluir a David entre los posibles candidatos, así que lo dejaron en el campo con las ovejas. Al mirar a David, tal vez no habrías imaginado que él tendría la fe y el valor para derrotar a un gigante y convertirse en el rey más exitoso de Israel.Pero el Señor ve más allá de nuestras etiquetas, de nuestra apariencia física y de nuestras inseguridades. Él, más bien, “mira el corazón” (1 Samuel 16:7). E incluso cuando nuestro corazón no se halle del todo bien, si estamos dispuestos, Él nos “cambi[ará] el corazón” (1 Samuel 10:9).